Jue. Jul 2nd, 2026

Un justiciero de tebeo que aburre a las ovejas

Cuando The Equalizer asomó por las carteleras allá por 2014, era inevitable meterla en el mismo saco que esa avalancha de películas sobre señores de cierta edad y habilidades letales que Liam Neeson llevaba un tiempo protagonizando. Se entiende perfectamente. Sin embargo, si rascas un poco, te das cuenta de que Robert McCall tira muchísimo más hacia el superhéroe de cómic que al padre cabreado de Venganza. El tipo va sobrado de superpoderes: tiene un radar milimétrico para detectar a los pringados y oprimidos de turno, y una fijación casi enfermiza por dar caza a sus verdugos. Además, es capaz de anticipar cada puñetera jugada de sus rivales, lo que le permite ir siempre un par de pasos por delante. Y lo más delirante de todo es esa capacidad sobrehumana para reventar a sus enemigos con una brutalidad extrema sin que se le caiga en ningún momento el cartelito de pacifista.

La cosa queda clarísima a las primeras de cambio en esta nueva entrega. En un tren rumbo a Estambul, camuflado bajo las ropas de un musulmán devoto, McCall le da su merecido a un fulano que ha secuestrado a su hija, pero no sin antes tener el detalle de dejarle elegir la forma menos dolorosa de pillar cacho. Un poco más tarde, justo antes de inflar a hostias a unos niños bien que resultan ser unos violadores, les da la opción de entregarse a las buenas. El señor Ecualizador es duro, sí, pero compasivo. Todo un caballero, al menos hasta que se pone a partir dedos como si fueran colines.

Y tras estos ejercicios de calentamiento, el director Antoine Fuqua nos zambulle en el supuesto meollo de la película: una conspiración de la CIA que salpica a uno de los contactos del protagonista. El problema es que Fuqua hace avanzar la trama a trompicones, arrastrando los pies de una forma tan innecesaria que McCall tarda una eternidad en descubrir lo que cualquier espectador con dos dedos de frente ya ha pillado en el minuto uno. Quizá el pobre hombre tiene la cabeza en demasiados frentes a la vez. Entre un cuadro perdido, las cuitas de un superviviente del Holocausto y el papelón de padre postizo que asume con un chaval de barrio a punto de echar a perder su futuro por juntarse con las pandillas, la película se olvida de a lo que veníamos. Hay menos leña que en la primera parte; a cambio, nos toca tragarnos un catálogo interminable de primeros planos de McCall poniendo cara de tristeza estoica. En el fondo, The Equalizer 2 peca de ínfulas: quiere trascender el género de tiros y explosiones para disfrazarse de estudio psicológico sombrío, de reflexión sobre la culpa y de oda a los marginados.

Incongruencia bañada en sangre y discursos

El resultado de semejante batiburrillo es, por pura inercia, la incongruencia total. Por un lado, la película se recrea en la casquería con tripas desparramadas, ojos arrancados de cuajo y fotos familiares salpicadas de sesos y sangre. Por otro, entre matanza y matanza, McCall te suelta parrafadas soporíferas sobre el valor del trabajo duro y las buenas maneras. El tío no calla ni debajo del agua. Y ojo, el problema no es que un personaje que predica civismo mientras disfruta triturando huesos sea una contradicción con patas; el verdadero drama es que la propia película no es consciente de esa hipocresía en ningún momento.

A la hora de la verdad, a McCall no hay por dónde cogerlo. Carece de dimensión, de personalidad o de cualquier rasgo que te haga empatizar con él como si fuera un ser humano de carne y hueso. Es un ángel de la guarda aburridísimo, inacabablemente virtuoso e implacable. Llegados a este punto toca preguntarse qué demonios hace un titán como Denzel Washington metido en este berenjenal por segunda vez. Que sí, que el hombre está en todo su derecho de pagarse el chalé en la playa como mejor le convenga, pero ponerle al frente de esta saga es como meter a Ferran Adrià a tirar hamburguesas en un McDonald’s. Te hará el trabajo, y seguramente lo hará de fábula, pero joder, qué desperdicio de talento.

Sangre fresca: el tándem que el género pedía a gritos

Afortunadamente, el cine de acción no se acaba en las franquicias oxidadas que confunden la introspección con el tedio. Mientras unos se estancan en sus propias contradicciones, otros están cocinando entre bambalinas lo que realmente nos pide el cuerpo, recordándonos que el género sigue muy vivo si cae en las manos adecuadas. Ese es el caso de Kenji Tanigaki.

Tras dejarnos con el culo torcido con The Furious —probablemente la mejor animalada de acción pura que hemos visto desde The Raid 2, respaldada por un 85% en Rotten Tomatoes y los aplausos incondicionales de los fans más cafeteros del género—, Tanigaki se ha convertido por méritos propios en el director que todas las productoras quieren tener en marcación rápida. Y no es para menos, porque ya tiene atado su próximo proyecto, y la cosa promete.

La película se titula The Reckoner, y Lionsgate ha puesto toda la carne en el asador. Detrás del guion está nada menos que Derek Kolstad, el mismísimo arquitecto de la franquicia John Wick y experto en escribir salvajadas del calibre de Nobody, su inminente secuela y Normal. Cuesta imaginar un encaje de bolillos más perfecto que el de Tanigaki y Kolstad; sus sensibilidades a la hora de coreografiar la violencia y el ritmo en pantalla encajan a la perfección.

Por si fuera poco, los hermanos Joe y Anthony Russo ya están metidos en el ajo como productores a través de su sello AGBO, y para rematar la jugada, Peter Dinklage asume el papel protagonista. Aunque de momento el argumento está bajo llave y no han soltado prenda, se rumorea que el rodaje podría arrancar antes de que acabe el año. Tener a Dinklage a bordo ya es un pelotazo de por sí, y podéis dar por hecho que no tardarán en caer nombres aún más potentes para acompañarle. Queda claro que, mientras algunos siguen dando discursos aburridos con las manos manchadas de sangre, otros están afilando los cuchillos para darnos exactamente la adrenalina que veníamos buscando.