De la esperanza suele decirse que es lo último que se pierde, una frase hecha que, en el fondo, camufla la idea de que aferrarse a ella es poco menos que confiar en un milagro. Sin embargo, la nueva película de Maria Sødahl, Hope, despliega este sentimiento no como un acto de fe ciega, sino como una trinchera: una negativa rotunda a bajar los brazos ante un futuro que se desmorona. La historia nos sitúa frente a Anja, interpretada con una contención magistral por Andrea Bræin Hovig, una coreógrafa en el cénit de su carrera cuya vida salta por los aires tras una resonancia magnética. El cáncer de pulmón que creía haber dejado atrás ha regresado en forma de metástasis cerebral. Ya no hay vuelta atrás; el tiempo se agota.
Lo que hace que Hope sea excepcional dentro del trillado subgénero de las enfermedades terminales es su negativa a caer en el sentimentalismo barato. Sødahl elige el camino de la sobriedad: prescinde de bandas sonoras manipuladoras y alardes formales, dejando que el silencio y las miradas hablen por sí solos. La acción se comprime en apenas una semana, entre la Nochebuena y el día de Año Nuevo, un marco temporal donde las ansiedades de Anja se multiplican por la presión de aparentar una normalidad festiva y las limitaciones logísticas de las vacaciones. A esto se suma el desgaste físico provocado por los esteroides, que la empujan a un abismo de náuseas y cambios de humor erráticos.
Este calvario personal se convierte en un espejo que refleja las grietas de su relación con Tomas, encarnado por Stellan Skarsgård. Él es un hombre noble pero absorbido por su propia carrera como director teatral, alguien que ha estado ausente en la gestión doméstica de una familia numerosa y compleja. La película disecciona cómo, en una crisis terminal, años de reproches no resueltos, complicidades y silencios pugnan por salir a la superficie. Sødahl captura con una honestidad brutal el baile entre la compasión y el resentimiento, apoyada en dos interpretaciones que son el alma del relato. Hovig y Skarsgård construyen un terreno de nadie donde la culpa y el miedo se entrecruzan, recordándonos que, a veces, enfrentarse a la muerte es, sobre todo, una cuestión de redescubrir a quien tienes al lado.
Resulta esclarecedor saber que la directora se inspiró en su propia experiencia, aunque el filme no necesite de ese dato para golpearnos. No busca darnos respuestas reconfortantes ni vender una superación espiritual edulcorada. Al terminar, el espectador queda suspendido en una incertidumbre incómoda, preguntándose si la esperanza que sostienen los protagonistas es una ilusión necesaria o si, en última instancia, esa duda es lo único que nos hace humanos.
Mientras el cine intimista nos invita a reflexionar sobre la fragilidad, la cartelera comercial de 2026 nos ofrece un tipo de angustia muy distinta. Backrooms, el fenómeno de terror dirigido por el prodigio de YouTube Kane Parsons, regresa esta misma semana a las salas tras una trayectoria comercial que ha reventado todas las previsiones. Aprovechando el puente del 4 de julio, AMC lanza una versión extendida titulada Everything Must Go Edition, que añade dieciséis minutos inéditos al metraje original, alargando la experiencia a un total de dos horas y seis minutos.
La cinta, que ya se ha consolidado como la segunda película de terror más taquillera del año y pisa los talones al primer puesto de Obsession, busca ahora captar de nuevo al público en un mercado saturado. Protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, la historia explora ese descenso a una pesadilla basada en las populares leyendas urbanas de internet. A pesar de su ambientación en 1990, la película logra canalizar ansiedades contemporáneas —la soledad, el aislamiento, la extrañeza de los espacios liminales— de una forma que realmente llega a inquietar. Es una apuesta compleja, quizás irregular hacia un final críptico, pero que demuestra, al igual que los dramas más profundos, que el cine sigue siendo el mejor vehículo para explorar los rincones más perturbadores de la psique humana.