Imagínate el percal. Un tipo sudando la gota gorda en el típico diner americano de los años cincuenta, con una estética limpísima, todo muy cuco y de anuncio. Delante tiene una pedazo de hamburguesa espectacular con su quesito fundido y su pan con sésamo, pero el chaval está al borde de la arcada. ¿Problemas con la lactosa? ¿Se nos ha vuelto vegano de golpe? Qué va. El misterio se resuelve al ver unas piernas encajadas en unos pantalones de pinza azulones y mocasines brillantes asomando por la picadora de carne del local. Con esta bofetada de humor negro, rozando lo cafre y regodeándose en la casquería fina, arranca ‘Kingsman: el círculo de oro’. Una secuela que pisa a fondo el acelerador de aquella locura posmoderna que ya desmitificó el universo de los espías al estilo James Bond, moviéndose en ese terreno de parodia descacharrante que tan bien maneja su prima hermana animada, ‘Archer’. Al director Matthew Vaughn le va la marcha, y tras ‘Kick-Ass’ vuelve a dejar clarísimo que lo suyo es la acción gamberra, la cámara lenta y las ensaladas de tiros milimetradas.
Siguiendo la estela del cómic original de Mark Millar y David Gibbons —que en su día ya mezclaba el drama social de un chaval de barrio tipo Billy Elliot con el espionaje de élite y el secuestro de Mark Hamill—, esta entrega nos trae una amenaza bastante distinta. Ya no tenemos a un Samuel L. Jackson con gorra ladeada y flow de rapero queriendo arreglar el cambio climático por las malas. Ahora el marrón lo sirve Poppy, una Julianne Moore inmensa que cocina hamburguesas de topo traidor desde su guarida escondida en la selva camboyana. La tía es una narco de altos vuelos que se lamenta de la tremenda hipocresía del mundo: te venden alcohol y tabaco tranquilamente, pero le montan el pollo por traficar con MDMA, caballo, crack y farlopa. En su cabeza, impedirle ser el Amancio Ortega de los estupefacientes es simple condescendencia, un ataque a las libertades individuales del ciudadano adulto. Cuestión de perspectiva, supongo.
Su plan maestro no tiene desperdicio: adulterar su propia mercancía con un virus letal y forzar al presidente de Estados Unidos a legalizar las drogas a cambio del antídoto. Un presidente, por cierto, que es un notas ególatra, cínico y displicente, de corbata roja kilométrica. Blanco y en botella. El giro macabro es que a este político moralista le viene de perlas dejar que los millones de consumidores —de toda clase social y pelaje— la palmen para limpiar las calles de «basura». Ah, y entre medias, Poppy tiene secuestrado al mismísimo Elton John para obligarle a darle conciertos privados, exactamente igual que hizo Pablo Escobar con José Luis Perales.
Ante semejante circo, a los agentes de Kingsman en Londres —pura flema británica, acento de alta cuna, trajes a medida y licencia para reventar cabezas— no les queda otra que cruzar el charco. Tras un contratiempo bastante gordo en la agencia, Eggsy (Taron Egerton) y Merlin (Mark Strong) viajan a Estados Unidos para unirse a sus homólogos yanquis. Y claro, el choque de trenes está servido. Ponen a unos británicos estirados que se excitan repasando las normas de protocolo frente a unos cowboys de Kentucky que escupen tabaco negro, desatando un festival de pullas costumbristas que funciona como un tiro.
Este tipo de licencias marcianas se las perdonamos a Vaughn porque forman parte de un pacto tácito con el espectador: sabemos que hemos venido a ver un tebeo hiperviolento que no se toma en serio a sí mismo. El problema en la industria surge cuando un cineasta de renombre intenta colar una reinvención audaz desde la trascendencia y la supuesta grandilocuencia histórica. Si Kingsman triunfa abrazando su propia mamarrachada, Christopher Nolan parece haberse metido en un jardín del que no sabe muy bien cómo salir con su próxima película, ‘The Odyssey’.
A pocos meses de su estreno previsto para julio, el primer avance de esta epopeya ha pegado un batacazo monumental en YouTube, acumulando una sangría de dislikes que ya supera con creces a los «me gusta». La cinta, que pretende adaptar el clásico de Homero con un reparto enorme encabezado por Matt Damon y Zendaya, se ha convertido de golpe en la película más comentada de este 2026, pero por motivos que seguramente escuecen en los despachos de producción.
La audiencia simplemente no está comprando la propuesta. Las redes arden quejándose de unas decisiones creativas que chocan frontalmente con lo que uno espera del rigor histórico de la antigua Grecia. A Nolan le están cayendo palos por unos diálogos que suenan a cháchara contemporánea, rompiendo por completo la inmersión, y por unas elecciones de casting que a muchos les parecen un encaje de bolillos forzadísimo para encajar en el canon de Homero. Al final, resulta francamente curioso comprobar cómo el público de hoy en día está mucho más dispuesto a aplaudir a un Elton John desfasado metiendo patadas en un delirio pop sobre drogas, que a tolerar que un héroe clásico suene como un urbanita del siglo XXI. Quizá la fina línea entre reinterpretar un mito con éxito y estrellarse con todo el equipo resida, única y exclusivamente, en el tono.