Mié. Jul 1st, 2026

Por fin ha llegado a nuestras salas ‘La zona de interés’, una de las cintas imprescindibles de 2023. Ganadora del Gran Premio del Jurado y del Fipresci en Cannes, la película supone el salto a la gran pantalla de la novela de Martin Amis de la mano de Jonathan Glazer. Resulta inevitable que, al verla, la mente se nos vaya a Hannah Arendt y su ya manido concepto de «la banalidad del mal». En su día, aquello escoció y mucho: la comunidad judía se revolvió ante la idea de que el exterminio, en el fondo, careciera de épica o grandilocuencia. Arendt no estaba describiendo monstruos de cuento, sino la grisácea rutina burocrática de alguien que estampa un sello, la misma trivialidad que hoy asociamos a un vídeo irrelevante en TikTok. Eichmann no era una hidra sedienta de sangre; era un mindundi, un tipo anodino que se adhirió a la corriente antisemita porque, no nos engañemos, aquello no fue una patología exclusiva de la Alemania nazi.

Arendt pagó cara su tesis, siendo tachada de odiar su propia condición. Sin embargo, el tiempo ha terminado por colocarla en su sitio, y esa «banalidad» es precisamente el eje sobre el que orbita el último trabajo de Glazer. Observen un plano cualquiera de la película: un hombre, de espaldas, contempla a su familia en la piscina. Viste impoluto, de persona de bien. Los niños juegan, la institutriz vigila —es judía, un dato que no es baladí—, y el jardín es un vergel exuberante que bien podría estar en una urbanización acomodada de Torrelodones. Pero miren al fondo, más allá del muro: lo que trepa por la tapia no son nubes, es el humo de los trenes que llegan a Auschwitz.

Glazer decide dejar todo el horror fuera de cuadro, justo ahí donde los libros de historia suelen pasar de puntillas. Lo que el director muestra es la cotidianeidad de Rudolf Höss, teniente coronel de las SS y responsable de que el campo funcionara como una máquina bien engrasada. La dinámica familiar es de una normalidad pasmosa. Glazer, con su apuesta por cámaras fijas y distantes, logra una visión de «mosca en la pared»; no hay énfasis, no hay subrayados. Hedwig, interpretada magistralmente por Sandra Hüller, vive obsesionada con el estatus. Cuando se prueba un abrigo de visón traído por su marido del campo, el horror se filtra por los poros del objeto: sabemos de dónde viene y quién lo vestía antes. Ella no ve a la dueña anterior, solo ve un símbolo de poder que ancla su nueva realidad.

Mientras Glazer disecciona esta espeluznante naturalidad del horror histórico, la maquinaria de Hollywood sigue girando a un ritmo frenético, demostrando que el público siempre reclama su dosis de sobresaltos. En este verano de 2026, la industria ya tiene la mirada puesta en el futuro. Hace apenas unos meses, a principios de este año, se confirmó que la octava entrega de la saga ‘Paranormal Activity’ sigue viento en popa. Tras consolidarse como una de las franquicias más rentables de la historia del cine —habiendo amasado unos 900 millones de dólares con presupuestos de risa—, la octava parte ya cuenta con Ian Tuason en la dirección y con Chase Yi y Sonia Mena como rostros principales.

Es curioso cómo estas dos realidades conviven en nuestra cartelera. Mientras la cinta de Glazer nos obliga a mirar al fondo del jardín para ver el humo del crematorio, el proyecto de Paramount, que llegará a los cines el 21 de mayo de 2027, apuesta por la fórmula del found footage y el misterio absoluto para seguir inflando la taquilla. Al final, todo se reduce a cómo gestionamos nuestra atención: ya sea ante la banalidad del genocidio o ante el último fenómeno de terror que, fiel a su estilo, busca repetir la jugada que inició en 2007. Ambas propuestas, desde trincheras opuestas, nos recuerdan que, para bien o para mal, el espectador es un animal de costumbres, capaz de normalizar lo que tiene delante con una facilidad pasmosa.