La historia del arte ha sido testigo constante de cómo la imaginación femenina reconfigura la realidad, creando mundos donde lo cotidiano se funde con lo mítico. En este sentido, la obra de Leonora Carrington, nacida en la localidad británica de Clayton-le-Woods en 1917, se erige como un monumental compendio de escenarios y rituales mágicos. Princesas, heroínas, hadas y deidades pueblan sus lienzos y escritos, conformando un universo donde las apariencias engañan y la naturaleza cobra vida propia. En sus creaciones, tanto pictóricas como literarias, los animales —especialmente las aves— poseen el don de la palabra, mientras que rocas, árboles y cascadas manifiestan voluntad propia o se metamorfosean ante la mirada del espectador.
Magia celta y el refugio de la infancia
Para rastrear el origen de estas visiones es necesario remontarse a la juventud de la artista, momento en el que los cuentos de hadas se convirtieron en el combustible de su imaginación. Obras como las de Andersen o los hermanos Grimm, y muy especialmente Alicia en el país de las maravillas, cimentaron su imaginario creativo. Una prueba fehaciente de esta influencia temprana es Night Nursery (Everything), datada en 1947 y conservada en el Museo de Arte Moderno de México. Esta pintura nos transporta a su dormitorio en la mansión Crookhey Hall, un espacio de penumbra iluminado por velas donde resuenan los ecos de las historias narradas por su madre, Maureen Moorhead, y su niñera, Mary Kavanagh. Ambas, de origen irlandés, la iniciaron en los mitos celtas y en la literatura de Lewis Carroll o Beatrix Potter.
En el centro de la composición de esta obra, una mujer gigante parece relatar una historia a una niña vestida de rosa. El detalle de la corona de flores que porta la narradora no es fortuito; en la tradición irlandesa, este ornamento honra a la Reina de Mayo, personificación de la diosa. Incluso la figura agigantada podría interpretarse, según expertos como David Day, como una alusión a la diosa Isis o al momento en que Alicia crece desmesuradamente en la novela de Carroll. Desde un extremo, otra mujer observa mientras hila en una rueca, un objeto cargado de simbolismo que Jung asociaba a la condición femenina, a las brujas y a la sabiduría ancestral. Fue precisamente a través de estos relatos infantiles y de obras como La olla de oro de Stephens como Carrington se inició en los misterios del inconsciente, vinculando pronto estos textos con su pasión por la alquimia.
La diosa blanca y el legado surrealista
Las preferencias literarias de Carrington fueron el sustrato de su madurez artística. La lectura de La diosa blanca de Robert Graves en 1948 supuso para ella, en sus propias palabras, la mayor revelación de su vida, confirmando su fascinación por las deidades ancestrales y poderosas que ya intuía en los cuentos de Andersen. Esta búsqueda de lo femenino sagrado se cristaliza en la serie de acuarelas Sisters of the Moon, realizadas mayoritariamente en Florencia en 1932. En ellas, figuras como Iris, Diana o Fortuna son representadas desde perspectivas inéditas: Diana, lejos de ser la cazadora convencional, aparece acompañada de un caballo blanco —animal totémico para la autora— y sosteniendo un huevo dorado, clara premonición de su vocación alquímica.
Su encuentro con Max Ernst, quien compartía su devoción por Carroll y los Grimm, reforzó esta inclinación. Para los surrealistas, como señaló André Breton, Lewis Carroll era el «primer maestro en hacer novillos», un rebelde con el que se identificaban plenamente. En obras maestras como The House Opposite o Neighbourly Advice —esta última un posible autorretrato durante su etapa en México junto a Emerico Weisz—, Carrington fusiona la cábala, el mito y la vida doméstica, creando casas de muñecas habitadas por artistas y escritoras donde el tiempo y el espacio se dislocan.
Un salto al presente: El Barroco de Nieves González
Si el universo de Carrington se nutría de lo onírico para redefinir a la mujer, en la actualidad, una nueva figura del arte español recoge el testigo de la tradición pictórica, pero con un giro radicalmente contemporáneo. Nieves González, artista sevillana, ha logrado actualizar el retrato del siglo XVII con una audacia técnica y conceptual que está captando la atención internacional. Sus protagonistas poseen el porte de nobles ambiciosas o santas devotas, bañadas por una luz fría sobre fondos oscuros y terrosos propios del Barroco español. Sin embargo, su indumentaria rompe cualquier expectativa histórica: visten chaquetas de plumas de cuello alto, camisetas deportivas holgadas y tejidos pintados exquisitamente en amarillo ácido o rosa chicle.
González juega con el absurdo al introducir elementos de la cultura de masas en composiciones solemnes. En sus óleos, el cisne que acompañaría a Zeus se convierte en una mascota de regazo, y la serpiente bíblica se transforma en un flotador de piscina. Aunque esta mezcla podría recordar a un meme medieval, la reverencia de la artista por el medio es palpable. Formada en la Universidad de Sevilla, González ejecuta texturas y luces con una delicadeza romántica, fruto de su obsesión por los maestros del Siglo de Oro. Según explica la propia pintora, le atrae la intensidad y el poder contenidos en las figuras clásicas, usándolas como base para imaginar nuevas interpretaciones pictóricas.
Iconos pop bajo la luz del Siglo de Oro
El ascenso de González al «mainstream» se precipitó tras pintar a la cantante Lily Allen para la portada de su álbum West End Girl. La directora creativa Leith Clark descubrió su trabajo online, lo que resultó en un retrato donde Allen aparece con un plumífero azul y encaje negro. La imagen se viralizó hasta tal punto que el presentador Jimmy Fallon obsequió a la cantante con una versión real de la prenda imaginada durante su programa. Este éxito mediático, sin embargo, se sustenta en una carrera sólida con exposiciones en Roma, Miami y próximamente en Bilbao.
Richard Heller, galerista que ha apostado por su obra, señala que González captura el zeitgeist actual al inyectar nueva vida a un género antiguo. No se trata solo de capturar tendencias, sino de explorar qué aporta una prenda específica a la imagen; los abrigos acolchados o las camisas deportivas le permiten construir figuras esculturales que, a su vez, conectan con el espectador moderno al tratarse de objetos cotidianos.
En su estudio, González trabaja con una disciplina férrea, rodeada de libros de arte y fotografías. Su mirada dialoga constantemente con la historia: desde la fuerza psicológica del Inocencio X de Velázquez —cuya capa roja y autoritaria encuentra eco en los voluminosos plumíferos de la artista— hasta su obra predilecta, La Virgen de las Cuevas de Zurbarán. Al igual que Carrington encontraba magia en las historias de su niñez, Nieves González halla en la maestría de Zurbarán y en la presencia estatuaria de la Virgen una fuente inagotable de inspiración, demostrando que, ya sea a través del surrealismo o del neobarroco, la pintura sigue siendo un vehículo poderoso para reinterpretar la figura femenina.