Ser padre soltero es un curro complicado. La cosa se tuerce bastante más si tu chaval tiene 53 años, sigue sin articular palabra y tiene la curiosa costumbre de pegarle un bocado a cualquier bicho con pulso que le quepa en la boca. Ah, y encima domina la telequinesis como un auténtico maestro. Pero Din Djarin, nuestro mandaloriano de confianza, no lo cambiaría por nada del mundo. Grogu dará guerra, sí, pero es el ojito derecho de Mando.
Cuando The Mandalorian aterrizó en Disney+ allá por 2019, supuso un soplo de aire fresco para los fans de Star Wars. La serie dejó a un lado la asfixiante y cada vez más enredada mitología de la franquicia para regalarnos una especie de wéstern a la antigua usanza. Eran historias sencillas y directas: un cazarrecompensas saltando de planeta en planeta con su adorable secuaz alienígena. Con el paso de los años, las temporadas se metieron en harina, desenredando el pasado de los protagonistas y el caos absoluto en el que quedó la galaxia tras la caída del Imperio. Así que, antes de plantarte en el cine este fin de semana para ver la nueva película, toca hacer un poco de memoria sobre dónde dejamos a esta peculiar familia en la ya lejana primavera de 2023.
El hombre bajo el beskar
El tipo parco en palabras que conocimos en el primer episodio es Din Djarin (Pedro Pascal), aunque en el gremio lo conocen a secas como el Mandaloriano. Curiosamente, este hombre no nació en el planeta Mandalore. Fue acogido como expósito por La Tribu, una secta religiosa bastante fundamentalista que le enseñó tácticas de combate, una ética inquebrantable y su regla de oro: el casco no se quita jamás.
Toda esa armadura, forjada en beskar —ese metal hiperresistente y codiciadísimo que da nombre a su cultura—, inevitablemente nos hace pensar en Boba Fett, aquel otro mercenario mítico que se coló por primera vez en el especial navideño del 78. Fett tampoco era de Mandalore, por cierto, aunque ambos comparten credo y hasta han llegado a currar juntos en el pasado.
El falso mito de «Baby Yoda»
Si tu único contacto con la serie ha sido a base de tuits y memes, igual te llevas un chasco al descubrir que aquí nadie se llama «Baby Yoda». En su momento, Mando aceptó el encargo de capturar un botín misterioso que resultó ser un renacuajo verde, orejón y de ojos inmensos que le robó el corazón al instante. Hasta la segunda temporada no supimos que el crío se llamaba Grogu; antes de eso, para todo el mundo era simplemente «el niño».
La ironía de tratarlo como a un bebé es que este bicho ronda la cincuentena. Lo que pasa es que su especie envejece a un ritmo exasperantemente lento. Grogu se pasó un buen puñado de años entrenando con los Jedi antes de que Darth Vader se dedicara a purgar la orden. Efectivamente, es de la misma especie que Yoda, ese longevo maestro que adiestró a Luke Skywalker. Y fue precisamente Luke quien devolvió el favor en la serie televisiva, llevándose a Grogu un tiempo para enseñarle a controlar su bestial dominio de la Fuerza.
Un nuevo encargo para la Nueva República
Últimamente, nuestro cazarrecompensas se ha arrimado a los buenos. La incipiente Nueva República sigue dando palos de ciego intentando sostenerse tras el desmoronamiento monumental del Imperio, y sencillamente no dan abasto para limpiar la galaxia de aspirantes a señores de la guerra. Djarin se ha convertido en el chico de los recados favorito del gobierno para desmantelar estas tramas y despachar a los cabecillas. Si los trae vivos, estupendo, pero nadie pone el grito en el cielo si el desgraciado de turno llega frío.
El problema que plantea la nueva película es que la República quiere que Mando vuelva a meterse de lleno en el fango del cazarrecompensas clásico. Resulta que los Gemelos Hutt —esos señores del crimen con forma de babosa que controlan Nal Hutta— han pedido ayuda al gobierno para rescatar a su querido sobrino, Rotta. Que este Rotta, al que por cierto pone voz Jeremy Allen White, resulte ser el hijo y heredero del imperio criminal del difunto Jabba el Hutt es pura coincidencia, claro. Nada que ver con el repentino instinto familiar de los gemelos tras el vacío de poder que dejó la muerte de Jabba.
A Djarin no se le ha perdido absolutamente nada en los chanchullos de los Hutt, pero hay un trato sobre la mesa: si los gemelos recuperan a su escurridizo sobrino, soltarán la ubicación del Comandante Coin, el señor de la guerra imperial más escurridizo que sigue suelto. Por si fuera poco, la Nueva República le ha puesto delante de las narices un cebo irresistible a modo de incentivo: una versión reluciente y nueva de la Razor Crest, su añorada nave.